Yo estoy con el Che, y usted?

Poema: Yo estoy con el Che, y usted? de Gabriel Celaya

El enjambre del pueblo. La explosión del sol.

La luz organizada de las guerrillas, Che.

Tu ejemplo está estampando miles de combatientes:

la columna vertebral de tu América, Che.

Vamos a convertir el odio en energía:

Las miríadas de minúsculos en una tromba, Che.

«Siempre se puede más», nos recuerda Fidel.

«Listos para la muerte. Listos para vencer», Che.

Porque el sueño fue un buen sueño

como un muerto levantado con los vivos vives, Che.

En las entrañas del pueblo, descubriéndole la luz

y haciéndole ser más quien es, tú, Che.

Yo estoy con el Che, ¿y usted? Claro que sí, que no al yes.

¡Que viva el Che nunca muerto! ¡Que viva en su luz Fidel!

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Que puede uno?

Poema: Que puede uno? de Gabriel Celaya

No cumplí cuanto debía.

Me arrepiento.

Es difícil olvidar, no quién es uno,

sino andar sin epicentro. Yo recuerdo…

¡Ay, todos recordamos y creemos

que un momento feliz puede salvarnos!

No, nunca se dirá cuán poco importa

el caso personal, el yo transeúnte

si es que amamos.

Hablo de Asturias, hablo de unos hombres

furiosos y amorosos,

y, humilde, les invoco porque creo:

Creo en la dignidad y en el trabajo;

creo en el hombre alzado;

creo en lo insuficiente disparado

con honor y dolor

hasta el hecho bien parado y, fiel, clavado.

No cumplí lo que debía. No he cumplido.

Pero en los años terribles del silencio,

yo hablaba.

¿Y quién hablaba entonces?

Dada miedo.

Yo hablaba, sin embargo.

Daba, miedo.

Antes de lo posible y lo imposible,

mucho antes de esta Asturias, yo hablaba,

cuando el verso nada significaba

y sin embargo, anunciaba,

y el corazón, el ser, esto que estamos viendo

y nos rompe, luchaba ya, exigiendo

algo contra el estúpido silencio.

Yo hablaba.

Perdonadme si ahora me faltan ya palabras.

Porque estoy con vosotros

y aunque un poco roto, más que viejo, furioso.

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La pura verdad

Poema: La pura verdad de Gabriel Celaya

Los ciudadanos equis,

los honrados tenderos,

los amigos del alma,

la portera, el banquero,

no pueden perdonarnos

el loco sentimiento:

tu belleza, mi risa,

nuestro pronunciamiento.

No lo entienden. Nos miran

y se cuentan los dedos.

Se dicen: «Están locos.»

Casi les damos miedo.

Veo.

La Policía, Dios,

la fuerza del dinero,

las leyes del rebaño

nos exigen respeto.

La dicha es una falta

o es quizás un exceso.

La alegría es locura

y escándalo, el deso,

reza un run-run que suena

a onceno mandamiento.

No se debe, ni puede

tomar por luz el fuego.

Veo.

¿Qué podría decirles?

Solamente que quiero.

Quiero, libre mancha,

la luz del mundo entero,

el éxtasis y el aire,

la destrucción del tiempo.

Quiero un amor, el mío.

Quiero seguir queriendo.

Quiero, pero -¡miseria!-

queriendo así, ¿qué puedo?

Los ciudadanos equis

no sienten lo que siento. Pero…

Pero, feliz, yo quiero.

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